La elección de nuevos papas en la Iglesia Católica es posiblemente uno de los procesos más secretistas y arcanos que se mantiene a lo largo de los siglos. Tiene lugar en la Capilla Sixtina, bajo las pinturas religiosas de Miguel Ángel, y se supone que Dios, a través del Espíritu Santo, inspira el voto a través de los cardenales, y el resultado se comunica al mundo a través de la “fumata blanca”.
La película “El cónclave” analiza la elección papal en una clave más mundana: las luchas por el poder no están ausentes en la institución eclesiástica, ya que no en vano se autodenomina “la obra de Dios en tierra habitada por humanos”.
La trama de “El cónclave” parte de la muerte de un papa y un proceso de elección en el siglo actual, marcado por el cambio acelerado que afecta a todas las estructuras sociales, donde la percepción sobre la Iglesia Católica está impactada por la dificultad de dar respuestas efectivas a cuestiones como la política internacional, la desigualdad, el papel de la mujer, el divorcio o la modernización de sus estructuras de gestión. En este marco, la Iglesia Católica mantiene prácticas y tradiciones que muchos consideran anacrónicas, pero que, precisamente por ello, suponen un anclaje profundo en el pensamiento de millones de personas, y también de atracción en nuevos países con falta de referentes.
La película representa bien las distintas caras del poder que hoy reconocemos en la sociedad civil: el conservadurismo y la vuelta a la tradición ante el vértigo del cambio; el progresismo y apertura a los nuevos vientos sociales; la corrupción en la compra de afectos; el papel creciente de los países más atrasados donde el número de adhesiones crece más que en los países históricamente católicos.