sábado, 2 de octubre de 2021

El canto del lobo

"El canto del lobo" cae en el género de películas de thriller bélico normalmente dominado por el cine estadounidense, pero esta cinta francesa distribuida en Netflix brilla con mérito propio porque tiene suficientes elementos de enganche para aquellos que no descartan por principio el cine en torno a la guerra. De hecho,
es más bien la batalla psicológica que se desarrolla la parte más interesante de la película.

"El canto del lobo" escenifica los riesgos de la Destrucción Mutua Asegurada (DMA) en un caso de conflicto nuclear ante un supuesto ataque con misiles nucleares desde Rusia dirigido a Francia (algo ya de por sí en principio implausible) aunque luego la película va desarrollando la trama real de los acontecimientos. La película toma el camino de uno de los escenarios distópicos típicos de Hollywood de los cuales algunos se ríen, pero que sin duda ayudan a pensar sobre cosas imposibles (hasta que pasan). La planificación de escenarios tiene que construirse sobre múltiples hipótesis, cada una con distinta probabilidad de ocurrencia.

En la película, dos submarinos franceses se ven abocados a la destrucción basada en la desconfianza mutua ante qué pasos seguirá cada uno en el conflicto. En medio de ello está el rígido protocolo de actuación que deben seguir las fuerzas armadas de un país ante situaciones críticas con órdenes del Estado Mayor o de la máxima autoridad de un país, ante las cuales los militares se convierten en meros autómatas de la ejecución. El conflicto entre el respeto al protocolo y la intuición personal es patente en esta película. 


La propia cuestión de la DMA puede estar ahora más en riesgo que nunca. Sus postulados dicen dos o más partes no lanzarán un ataque nuclear porque la parte agresora serán también destruida (aunque uno lance primero un ataque, el otro siempre tendrá respuestas automáticas para devolverlo asegurando que todos pierden, o lo que se viene a expresar como 1+1 = 0). Pero esto solo vale cuando a las dos partes les importa no perecer, pero esta situación puede cambiar en el caso de ataques terroristas a cuyos autores no les importa la auto inmolación, o que piensan que no serán descubiertos. La disuasión por el riesgo de DMA ha mantenido la paz mundial durante la Guerra Fría cuando tanto Estados Unidos como la Unión Soviética tenían suficiente armamento nuclear en los años 70 para destruir varias veces la Tierra.

La película está magníficamente interpretada en la figura del analista de guerra acústica Chanteraide, que pone en valor la importancia del oído humano y su instrucción en los fondos abisales, donde la más avanzada tecnología no es capaz de identificar todos los sonidos. Al final, siempre hay una persona en la interpretación de datos, y en la decisión final, en este caso, en la figura del comandante del submarino nuclear francés, un modelo de líder templado, tranquilo, empático, intuitivo y valeroso como pocos. La asociación entre el analista y el comandante es el hilo conductor de esta película que aunque es un poco larga se ve de un tirón por el interés y la tensión de su desarrollo. 

Se dice que hay más tecnología en los submarinos de hoy en día que en la propia aviación militar, dadas las terribles condiciones de presión atmosférica y variabilidad en el fondo de los océanos.

La película tiene una música y escenas que se acompasan con la trama principal de la película: el oído y la intuición en las decisiones militares. Su crescendo en ocasiones hace que prestemos atención a este sentido tan atacado por los ruidos que nos rodean en la civilización de hoy en día. No sabemos escuchar el silencio, y ahí se entrenan los analistas acústicos. Quizá todos deberíamos saber escuchar el silencio. 

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