sábado, 7 de febrero de 2026

El extranjero

El extranjero es una de esas películas que parecen filmadas desde la misma indiferencia que habita su protagonista: un blanco y negro sobrio, casi áspero, que deja al descubierto el sol, los cuerpos y el peso mudo de la existencia. Esta elección estética no sólo respeta el clima de la novela de Camus, sino que recrea el contexto de la Argelia colonial como un espacio suspendido, donde la luz lo invade todo y, paradójicamente, nada parece tener verdadero sentido. 

La cinta funciona como una glosa visual del pensamiento de Camus: a través de Meursault, un francés en Argelia, asistimos a la vida de un hombre que se mueve en el mundo con una indiferencia radical hacia la vida, la muerte, el amor o la amistad. Su apatía no es simple frialdad, sino la expresión de una conciencia que ha dejado de creer en cualquier propósito intrínseco, encarnando al “hombre absurdo” que sabe que el universo es indiferente a sus deseos y que todas las vidas acaban en el mismo lugar. Por eso, su forma de estar en el mundo resulta tan chocante: no intenta justificar sus actos, no persigue una redención moral, apenas se molesta en fingir emociones para encajar en lo que la sociedad espera.

Aquí el nihilismo se combina con el existencialismo en un cruce muy concreto: el período de entreguerras y la Europa que busca sentido tras el derrumbe de viejas certezas, mientras Francia mantiene su proyecto colonial en Argelia. Camus explora la tensión entre un mundo que ya no ofrece respuestas religiosas, políticas o morales sólidas y individuos que, como Meursault, se limitan a constatar que “no hay por qué” para casi nada. De ahí esa idea tan camusiana de que “con un día de vida hay material para pensar cien años”: cada gesto cotidiano, por insignificante que parezca, contiene una densidad filosófica que la película deja caer sin subrayados, como si el absurdo se manifestara precisamente en su aparente trivialidad.


El filme dialoga también con nuestro presente: Meursault podría parecer hoy un extraterrestre en un mundo dominado por la aceleración, las agendas saturadas y el mandato de ser siempre productivos y emocionalmente expresivos. Esa distancia extrema respecto al “tener que hacer” convierte al personaje en un espejo incómodo: frente a una sociedad obsesionada con metas, rendimiento y narrativas de éxito, su negativa a jugar esa partida nos obliga a preguntarnos qué es realmente importante cuando se cae el decorado. El nihilismo de Meursault resuena así como una protesta silenciosa ante la tiranía de las expectativas sociales, pero también como un abismo: si nada importa, ¿qué queda, aparte de seguir respirando bajo un sol implacable?

La película alcanza su punto más incisivo en el juicio, donde se hace visible la hipocresía de la justicia en la Argelia colonial. Meursault es juzgado formalmente por matar a un árabe, pero el proceso se centra menos en el crimen que en su falta de remordimiento, su indiferencia ante la muerte de su madre, su incapacidad para ajustarse al repertorio emocional que la sociedad exige. El sistema está dispuesto a pasar por alto que la víctima es un “indígena” más —un cuerpo casi anónimo dentro del engranaje colonial—, pero no puede tolerar la transparencia brutal de un acusado que no finge, que no llora, que no pide perdón sólo porque “así debe hacerse”. La sentencia, en el fondo, no recae sólo sobre un asesino, sino sobre una forma de estar en el mundo que desbarata las convenciones morales y deja en evidencia la fragilidad del orden instituido.

No es una película de masas, ni lo pretende. Requiere llegar a la sala con cierta preparación, dispuesto a reconocer el sedimento filosófico que rezuma de cada escena y a aceptar que la trama importa menos que la experiencia de asistir al desmoronamiento de todas las coartadas con que solemos justificar la vida. Es, en ese sentido, una auténtica película de arte y ensayo: se disfruta mejor en doble tiempo, primero en la penumbra del visionado —dejándose incomodar por la extrañeza de Meursault— y después, en la reflexión y la conversación, cuando uno descubre que ese “extranjero” quizá no está tan lejos de nosotros como nos gustaría creer.