
La cinta funciona como una glosa visual del pensamiento de Camus: a través de Meursault, un francés en Argelia, asistimos a la vida de un hombre que se mueve en el mundo con una indiferencia radical hacia la vida, la muerte, el amor o la amistad. Su apatía no es simple frialdad, sino la expresión de una conciencia que ha dejado de creer en cualquier propósito intrínseco, encarnando al “hombre absurdo” que sabe que el universo es indiferente a sus deseos y que todas las vidas acaban en el mismo lugar. Por eso, su forma de estar en el mundo resulta tan chocante: no intenta justificar sus actos, no persigue una redención moral, apenas se molesta en fingir emociones para encajar en lo que la sociedad espera.
Aquí el nihilismo se combina con el existencialismo en un cruce muy concreto: el período de entreguerras y la Europa que busca sentido tras el derrumbe de viejas certezas, mientras Francia mantiene su proyecto colonial en Argelia. Camus explora la tensión entre un mundo que ya no ofrece respuestas religiosas, políticas o morales sólidas y individuos que, como Meursault, se limitan a constatar que “no hay por qué” para casi nada. De ahí esa idea tan camusiana de que “con un día de vida hay material para pensar cien años”: cada gesto cotidiano, por insignificante que parezca, contiene una densidad filosófica que la película deja caer sin subrayados, como si el absurdo se manifestara precisamente en su aparente trivialidad.