El cine independiente ha demostrado, una vez más, que no necesita de presupuestos millonarios ni grandes campañas publicitarias para trascender. "Anora", galardonada con cinco premios Oscar, emerge como un testimonio de la fuerza del cine cuando se apoya en una narrativa sólida, personajes tridimensionales y una ejecución cinematográfica impecable. Sin embargo, no deja de sorprender que una propuesta de este tipo haya sido tan ampliamente reconocida por la Academia, lo que ha generado debates sobre si su éxito responde más a una estrategia de la industria que a su mérito artístico intrínseco.
La premisa, en apariencia sencilla, se inscribe en una tradición narrativa clásica: la transformación de una mujer en un entorno hostil, evocando el mito de Cenicienta. Sin embargo, la película desafía las expectativas al abordar el tema con una mirada moderna, anclada en la realidad social actual y desprovista de romanticismos ingenuos. La estructura tripartita del filme, claramente diferenciada en planteamiento, nudo y desenlace, permite una evolución progresiva y matizada de los personajes. En la primera parte, se nos sumerge en el mundo de las trabajadoras sexuales y los estigmas que las rodean, un retrato crudo pero nunca explotador. Luego, la narrativa da un giro inesperado al introducir elementos de comedia, un recurso que, lejos de trivializar el drama, aporta una dimensión más humana y accesible a los conflictos. Sin embargo, puede pensarse que este cambio tonal resulta algo abrupto y resta cohesión al desarrollo narrativo. Finalmente, el desenlace se aleja del cuento de hadas tradicional para ofrecernos un final agridulce, donde la protagonista, tras el desencanto, encuentra un atisbo de empatía y una renovada conciencia de su realidad, aunque algunos espectadores han manifestado que la conclusión carece de la contundencia emocional que prometía el planteamiento inicial.
El director maneja con destreza los cambios de tono, evitando la estridencia y logrando una película que transita entre el drama, la comedia y el romance con una fluidez que rara vez se ve en el cine contemporáneo. La química entre los protagonistas es tangible, con interpretaciones que trascienden los arquetipos para convertirse en personajes palpables y complejos. Destaca, en particular, la dinámica entre el joven adinerado y la trabajadora sexual, un juego de poder y vulnerabilidad que desafía convenciones y expectativas, aunque algunos han argumentado que la evolución de los personajes, especialmente la del protagonista masculino, resulta predecible y poco arriesgada.